HOMENAJE A
LA MADRE
NICARAGUENSE
Este 30 de Mayo, Día de la Madre Nicaragüense,
Monimbó “Nueva Nicaragua”, les desea a todas las
Madrecitas Pinoleras
¡Muchas Felicidades!











La Canción de
Las Madres

La canción de las madres
es una deliciosa
canción de besos...
Breve canción que dura
lo que los hijos
en el regazo...

¡Los hijos tiernos,
hermosos y fugaces
como las flores!

Junto a la cuna
cantan las madres:
su canción es caricia,
queja suspiro...
Cantan... en el regazo
tienen al hijo...
¡y en éxtasis lo miran!
Cantan las madres.
Hermosos y fugaces
como las flores,
vuelan al fin los hijos:
los unos a los cielos,
los otros por la tierra.

Colaboración de un lector de Monimbó
En tu Día
Madre

En el prisma cristalino
de las aguas
nocturnales y tan bellas...
Me reflejan tu silueta
que se esconde
vislumbrando
la brillantez
de las estrellas.......

Y te he llamado...
y tan sólo
los lotos me responden
en el fondo azul
de los estanques    

Y he evocado
tu recuerdo dulcemente
y solamente
el eco me responde...
como un grito desgarrado
en la comba
de un cielo sin estrellas...  

Y allí estás
en los senderos de mi mente
toda clara - toda bella....
Y recuerdo el metal
armonioso de tu voz....
Y me siento como ayer
cuando niño..
que tu recuerdo
cobra visos de una bella
realidad...

Y como un remanso de luz
que su brillantez derrama
siento que una paz profunda
en tu recuerdo Oh MADRE
pues estando yo aquí...
allá, tu dulce voz me llama.

Jorge Amado Ibarra
“Madre”

Es la frase que llega dulce
al corazón, con la espontánea
expresión, que el hijo la dice;
es el amor de confianza,

que a través de los años
más se aviva y se agranda,
Y enternece nuestra vida.
y siempre somos pequeños.

Yo te bendigo madre mía,
y doy las gracias a Dios,
por darte una madre tan linda, que en
mi corazón siempre vive,

como la flor “Siempre viva”, que no
cambia su color.
Es indeleble recuerdo,
que perfuma con su amor.

Colaboración de un lector de Monimbó





-Ven para acá, me dijo dulcemente
Mi madre cierto día;
(Aún parece que escucho en el ambiente
De su voz la dulce melodía.)
-Ven y dime qué causas tan extrañas
Te arrancan esa lágrima, hijo mío,
Que cuelga de tus trémulas pestañas
como gota cuajada de rocío.
Tú tienes una pena y me la ocultas:
¿No sabes que la madre más sencilla
Sabe leer en el alma de sus hijos
Como tú en la cartilla?
-¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven para acá, pilluelo,
Que con un par de besos en la frente
Disiparé las nubes de tu cielo.
Yo prorrumpí a llorar. -Nada, le dije;
La causa de mis lágrimas ignoro;
Pero de vez en cuando se me oprime
El corazón, y lloro...
Ella inclinó la frente pensativa
Se turbó su pupila,
Y enjugando sus ojos y los míos,
Me dijo más tranquila:
-Llama siempre a tu madre cuando sufras,
Que vendrá, muerta o viva;
Si está en el mundo. a combatir tus penas;
Y si no, a consolarte desde arriba.
Y entonces siento que se ensancha el alma.





Por Rubén Darío

 Soñé que me hallaba un día
en lo profundo del mar;
sobre el coral que allí había
y las perlas, relucía
una tumba singular.
 Acerquéme cauteloso
a aquel lugar del dolor
y leí: “Yace en reposo
aquel amor no dichoso
pero inmenso, santo amor”.
La mano en la tumba
umbría tuve y perdí la razón.
Al despertar yo tenía
la mano trémula y fría
puesta sobre el corazón.



     
Retrato de Una Madre



  Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor; y
mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que
siendo joven tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez trabaja, con el
vigor de la juventud; una mujer que, si es ignorante descubre los secretos de
la vida con más acierto que un sabio, y si es instruída, se acomoda a la
simplicidad de los niños; una mujer que, siendo pobre se satisface con la
felicidad de los que ama y, siendo rica daría con gusto sus tesoros por no
sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que, siendo vigorosa
se estremece con el gemido de un niño y, siendo débil se reviste a veces con
la bravura del león; una mujer que mientras vive, no la sabemos estimar,
porque a su lado todos los dolores se olvidan; pero después de muerta
daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla de nuevo un
solo instante, por recibir de ella un solo abrazo y por escuchar un solo acento
de sus labios.
  De esta mujer no me exijáis el nombre a mí, si no queréis que empape con
lágrimas vuestro álbum, porque yo la vi pasar en mi camino.
  Cuando crezcan vuestros hijos leedles esta página y ellos cubriendo de
besos vuestra frente, os dirán que un humilde viajero en pago del suntuoso
hospedaje recibido, ha dejado aquí para vos y para ellos el retrato de su
madre.
                                                                                    
 (Ramón Angel Jara)
El Consejo Maternal
A mi Madre
“Arrullo”
Lo que es La Madre en las
varias épocas de la Vida
Cariño Verdad
En una casita chiquita y muy blanca, camino del
puerto de Santa María, habita una vieja muy
buena y muy santa, muy buena y muy santa,
que es la madre mía.

Y maldigo hasta la hora, en que yo la abandoné; a
pesar de sus consejos, no la quise comprender.

Ella me lleva en el alma, tú en la imaginación; tú
me miras con los ojos, ella con el corazón. Lo
tuyo es capricho, pura vanidad; lo de ella es
cariño, cariño verdad.

De quién fue la culpa, no quiero saberlo; no sé si
fue tuya o fue de la suerte, o fue culpa mía por no
comprenderla y en vez de olvidarte penaba por
verte.

Anda y vete de mi vera si te quieres comparar,
con aquella vieja  santa que está ciega de llorar.

Ella me lleva en el alma, tú en la imaginación; tú
me miras con los ojos, ella con el corazón. Lo
tuyo es capricho, pura vanidad; lo de ella es
cariño, cariño verdad.
Los brazos de nuestra madre son el trono del amor y la
pureza, donde en los albores de la vida del hombre brilla su
majestad de rey de la creación. En esos primeros años de la
vida, la madre viene a ser para nosotros una segunda
Providencia.

 En los años de la niñez, la madre es nuestra primera
maestra: ella nos enseña diariamente a alzar las manos al
cielo y a bendecir al Dios de las Mercedes. Por ella
aprendemos a coordinar las palabras mismas de nuestras
primeras oraciones, de esos primeros himnos que el alma
eleva a la Reina de los Angeles.

En los años de la adolescencia, ella nos señala los senderos
de la virtud, nos avisa de los principios y quizá enjuga la
primera lágrima de fuego que hace asomar a nuestros
párpados un amor que no es el suyo. ¡Oh! el amor materno no
arranca lágrimas de fuego: produce llanto apacible que
refresca el alma, como el rocío a la tierra, como el céfiro a las
flores.

En los años de la juventud, consuela nuestras amarguras,
perdona nuestros extravíos y es la amiga que nunca nos
engaña, la amante inalterable y fiel que nos ama sin cálculo y
sin interés, sin falsedad y sin celos.

Ella es la que comparte con nosotros los infortunios y los
males, la que vela nuestro sueño, la que cuenta por segundos
las horas de nuestro padecer; la que cierra nuestros párpados
en el instante supremo; el único ser, en fin, después de
nuestro padre, que no admite consuelo por nuestra pérdida,
porque se anega su alma en el mar sin bordes del egoísmo
intenso del dolor.                
                                                                    Severo Catalina
A mi madrecita,
y con ella, a todas
las madrecitas
de mi Patria.

Llevo dentro de mi pecho
lleno de amor el corazón
que es tuyo envuelto
en una canción de arrullo.

Para entregártelo con amor
madre mía,
hoy quiero brindarte
una canción
alcanzar una estrella
para alumbrar
tu camino con su luz
y una roja flor colocar
en tu corpiño
como símbolo de amor.

Colaboración de un lector de Monimbó